FOSI VEGUE ENTREVISTA A FEDERICO CLAVARINO

Fosi Vegue: Háblanos de tus orígenes, pero no de tu acercamiento a la fotografía sino de aquellas cosas que crees que han conformado de algún modo tu creatividad.

Federico Clavarino: En lo que se refiere al proceso creativo creo que parto más de la escritura, de la narración. Estudié en una escuela de técnicas de narración, y es ahí, en la narración, donde se proyectan muchos de mis intereses, y eso es lo que estoy intentado hacer con la fotografía, escribir narraciones. Cuando escribía relatos breves, los profesores de mi escuela me comentaban que más que una narración literaria parecía una colección de imágenes.
 
F. V.: ¿Cuál fue el primer viaje que te reportó una experiencia especial?
 
F. C.: Todo acercamiento a un lugar al que no perteneces es interesante. Es siempre una experiencia en negativo, realmente ves lo que no tienes y lo poco que compartes con otras realidades. El viaje te revela todo lo que no eres, te ayuda a entender lo que eres.
 
F. V.: En tu anterior trabajo, La Vertigine, no abordas un territorio físico, estás trazando un espacio mental. Es muy clara la influencia en este sentido de Ralph Gibson. También me parecen imágenes con una gran carga sonora, se pueden sentir sonidos graves, agudos, se pueden sentir zumbidos, momentos vacíos y hasta notas musicales. Veo esas dos influencias, a Gibson y la música. ¿Estás de acuerdo? ¿Qué otras influencias encuentras?
 
F. C.:. En el momento en el que estaba trabajando en La Vertigine leí escritos de Paul Klee y de otros autores que intentaron hacer música con la pintura. También hay una influencia de Ralph Gibson, aunque he intentado desprenderme de ello todo lo posible. Su trabajo me impactó muchísimo la primera vez que lo vi. Precisamente por eso, por lo que hablábamos antes, intentar no ya escapar de la realidad sino utilizar la realidad como una excusa para producir una percepción de la realidad distinta. Ahora me estoy alejando de esta idea. Hablar de la realidad es muy ambiguo. Prefiero hablar de materia, pero la materia es lo más pasivo que hay, todo el mundo la moldea. Al trabajar en La Vertigine estaba intentado entrenar una forma de mirar y de contar. La Vertigine, el vértigo del que hablo, lo veo cada vez más. Lo fundamental de ese trabajo es una estratagema, que está también en Ukraina Pasport: la idea de un espacio y tiempo discontinuo. Y es a través de esta discontinuidad y del vacío que se genera entre una fotografía y la otra donde se genera el discurso, por eso mis encuadres son tan cerrados. Todos los juegos de doble páginas y páginas que hay en el libro que fue al final La Vertigine son realmente eso: acotar mucho la fotografía para que resuene y entre en contacto con las demás imágenes. 
F. V.: ¿Y por qué Ucrania? ¿Qué hay allí que te motiva? ¿Fue fruto de la casualidad esta elección?
 
F. C.: Sí, al principio sí. ¿Hubiese podido ser otro sitio? No tiene sentido hablar de eso, fue Ucrania. En la fotografía siempre hay un referente real y en este caso es Ucrania. Estaba en Rumania haciendo fotos de otro proyecto que finalmente no vio la luz, y fui a Odessa a descansar y me atrapó. Creo que en este “otro sitio”, en el lugar al que viajas y no te pertenece, siempre encuentras algo que tiene que ver contigo. En Odessa vi mucha nostalgia, un lugar que estaba atrapado entre dos mundos: el pasado y el futuro, el Este y el Oeste, la niñez y la edad adulta.
 
F. V.: ¿Después planificaste más el viaje? ¿Sabías lo que querías?
 
F. C.: Decir que después de este trabajo conozco más o menos este país o que a través de este trabajo puedo transmitir conocimiento acerca de ese país sería un error. Si hubiese querido hacer un retrato de lo que es el país hubiese optado por quedarme más tiempo, aprender el idioma, conocer la cultura. Hubiera supuesto otro tipo de trabajo. En cada viaje me acompañaron casualmente amigos de mi ciudad, de Turín, así que tenía siempre a mi lado aquello que estaba buscando, algo que sin saber echaba de menos. Y por supuesto, esto ha influido en mi trabajo.
 
F. V.: Ahora estás tratando una realidad social, política. Ucrania es un país con una independencia relativamente próxima y un gran peso del comunismo, pero que mira hacia el futuro. Eso lo vemos en imágenes como la que abre el libro, personajes cuya juventud conseguirá deshacer los conflictos del pasado simbolizado por los cables; la de la vaca en la carnicería, la Unión Soviética dividida… En este caso estás fotografiando un territorio físico, aunque hay mucho lugar para la metáfora. Y fotografías de forma menos abstracta pero a la vez más alegórica. Explícanos un poco esto.
 
F. C.: En este trabajo, al contrario que en el anterior, donde sólo había un espacio metafórico y mental, he querido no prescindir de la realidad política e histórica de Ucrania. En Ukraina Pasport la narración se abre con una persona saliendo del agua, y la última imagen es de una persona mirando al agua con una tristeza infinita, con una interrogación acerca del futuro. Para mí tiene que ver con esa juventud que está intentado salir de una situación para enfrentarse a otra, el pasado y el futuro. Ahí están los dos aspectos del trabajo, el documental y el alegórico-metafórico.
Otra cuestión que he querido tratar es el paisaje, todos los paisajes que aparecen son falsos, son representaciones del paisaje, paisajes postizos. El paisaje ucraniano es algo a lo que me he enfrentado de forma esporádica. Ocurre como aquí, que nos hemos alejado de paisaje y animales. Los animales en el libro configuran un mundo de representación, de imaginación. Todo el libro es un juego entre realidad y representación, realidad e imaginación, entre reportaje social y político y algo más alegórico o metafórico. Para mí están las dos facetas en todas las imágenes.
F. V.: El formato del libro es como un pasaporte, alude al viaje, la frontera. ¿Desde el principio pensaste hacerlo así?
 
F. C.: Al principio no sabía que iba a hacer un libro. Empecé a pensar en ello a partir del segundo viaje. Me encontré en un puesto en la calle estas fundas para pasaporte y de ahí surgió la idea del libro. Compré varias fundas para hacer maquetas en casa. Pensé en la idea de frontera metafórica e histórica, en la presencia a lo largo de mis viajes por el este de Europa de todas esas fronteras… este formato me pareció muy interesante.
 
F. V.: El tamaño tan pequeño de este libro hace que se convierta en un objeto íntimo, cuando lo tienes entre las manos te crees poseedor del único ejemplar y esto hace que empatices más con un tema fotográfico que en principio parece absolutamente ajeno. ¿Compartes esta reflexión?

F. C.:
 Al ser pequeño hace que te tengas que acercar más a él para poder descifrarlo. Cualquier objeto de este tipo, comunicativo, debe de exigir algo del espectador, un acercamiento, un esfuerzo. Además lo puedes integrar en tu vida, llevarlo en el bolsillo y verlo siempre que quieras.
 
F. V.: La edición está muy bien pensada, puedes recorrer el libro trazando distintas direcciones ya que los mensajes de unas fotos se completan con otras que aparecen en el libro más tarde. Es un viaje dentro del propio libro. ¿Cómo trabajaste en la edición?
 
F. C.: Al hacer esos encuadres tan cerrados, las fotografías piden casi por sí mismas otra foto para complementarlas. Por eso la edición tiene un peso importante en este trabajo. Me di cuenta de que juntando dos fotos creaban una realidad nueva. Después de cada viaje escaneaba las fotos de forma barata y las imprimía, las tiraba al suelo y empezaba a crear categorías: animales, paisajes, personas, objetos… Después fui trazando líneas entre las fotos. Cuando tuve un esquema más complejo fue cuando la narración se empezó a materializar. En un libro de fotografía viajas hacia atrás y hacia delante constantemente. Se crean resonancias. Dentro de un libro de fotografía es fácil identificar las resonancias, volver a las imágenes. 
  
 

Fosi Vegue es fotógrafo miembro del colectivo Blank Paper, director y profesor en la escuela de este mismo colectivo.

 

 

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