BORIS MIKHAILOV: LA FOTOGRAFÍA CONTRA LA BELLEZA, POR JULIÁN BARÓN

Una contribución al conocimiento es más interesante que una contribución a la fotografía. Para el fotógrafo es más importante fotografiar un momento concreto y preciso, mientras que para la cultura esto no tiene importancia.
Unfinished dissertation, Boris Mikhailov

Boris Mikhailov nació hace setenta y tres años en Jarkov (Ucrania). Ex ingeniero, lleva ya más de cuarenta y cinco años trabajando sin cesar en el mundo de la fotografía, desarrollando su propio lenguaje y afinando una visión diferente frente a la imagen consentida que parte del idioma de los estados que comunican el comunismo con el capitalismo.

Una de las herramientas de los estados comunistas y capitalistas es la subversión y supresión del acto creativo. Mikhailov ha trabajado durante los últimos veinte años en Occidente y su opinión respecto al proceso creativo es clara: un estado comunista obstruye la libertad y un estado capitalista la expande. Lo que viene a significar que todo régimen anula el estado creador de sus individuos. Él ha vivido cómo la creatividad en todas sus formas fue al principio de la época comunista aprovechada para los objetivos revolucionarios (por ejemplo, el trabajo propagandístico de Alexander Rodchenko) aunque luego se optó por subordinarla a las necesidades del estado. Actualmente, en Occidente, el exceso de libertad coarta al fotógrafo a crear nuevas imposturas.

A partir de aquí, el renacimiento de una nueva voz con una mayor intensidad en la visión personal aparece, pues, con la intención de volcar las esperanzas y la creatividad en la investigación y descubrir lo que hay detrás de las realidades políticas, que es el medio que hace germinar la brecha de un nuevo idioma, dando intensidad al pensamiento individual, represivo y categórico.

Mikhailov fue —junto a muchos de los artistas de su época en la antigua URSS— un creador que hacía uso de un lenguaje privado, de una contemplación interna con una riqueza surrealista, alegórica, manipuladora y con un fuerte diálogo interior. Y esto dio lugar a unas pobres imágenes, colmadas de momentos vacíos de heroísmo, y al triunfo de lo colectivo. Sus trabajos están lastrados de una dimensión testimonial y crítica, comprometidos y proyectados desde la experiencia de vivir y sentir la atmósfera de su época, con la intención de alinear un repertorio inmortal sobre lo visual de su mundo.

La mujer, lo erótico y el sexo son la energía de la vida y viajan por todos los trabajos de Mikhailov, dilatando el clímax y los poros del contenido. Todas sus imágenes se conjuran para posarse en otro estadio de lo personal, del conocimiento y de la estética que formula conceptos políticos caducados. Las imágenes y las historias que las acompañan las percibimos con fisuras a través de las cuales el espectador puede emerger para reencontrarse con otras perspectivas, en otro nivel.

Mikhailov se ha liberado a sí mismo a través de un perfeccionamiento activo. Es muy complicado analizar sus trabajos e intentar dotarlos de una continuidad teórica, ya que contienen varios niveles de significado. La práctica de la estética del defecto, del mal uso, es una herramienta para acercar la realidad al espectador. Esto se aprecia en imágenes tótem de la realidad, con nuevas texturas, colores incrustados, secuencias panorámicas, dobles exposiciones —como dobles imaginaciones— y otros cuentos. Sin duda es un alegato del deseo para forzar al espectador a observar nuevas realidades a través de un nuevo medio. Alejándose de lo clásico que para él es lo superficial.

Su fotografía nos da a conocer nuevas ideas, nuevas retóricas que envuelven clandestinamente el fallecimiento de un régimen, aunque no un régimen cualquiera, sino el régimen que le privó de su libertad. Su contemplación de los mundos en los que se sumerge es siempre entre mordaz y confusa, dotando de nuevas capas de significado al contexto en el que habitarán sus imágenes: nuestro subconsciente. Su mirada no es romántica y sus cuarenta y cinco años de trabajo incesante llaman la atención en un mundo poco acostumbrado a despeinarse ante la libertad.

Mikhailov es incomparable, genera nuevas dimensiones desde los contenidos, pero no desde la forma. Se sitúa frente al mundo con decisión, nítidamente, con la intención clara de explorar lo social a través de lo privado. Su trabajo es una cartografía sensorial que evoca los contrasentidos de la vida en una exploración a través de lo sensitivo y lo convierte en una persecución de nosotros mismos, hablando de los problemas de hoy, que es mejor que hablar de los problemas del pasado.

 


Julián Barón (Castellón, 1978). Formado en Ingeniería Industrial, ha trabajado como responsable de calidad del departamento de Ingeniería en una fábrica. En la actualidad es director de BlankPaper Escuela de Fotografía en las sedes de Castellón y Valencia y miembro del colectivo BlankPaper.
Desde 2001 ha recibido varias becas para realizar sus primeros trabajos. En 2005 inició el proyecto “Cabanyal” sobre el barrio valenciano amenazado por la especulación urbanística.
Desde 2008 trabaja en un proyecto titulado “La Mancha”, donde trata de mostrar la esencia de nuestra época en el corazón de la Península Ibérica.
Ha recibido el Premio Fotografía CAM’03, un accésit INJUVE’05, Premio Conphederaciones’06 y Premio Fotorreportaje ARCO’07.

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